Vecino odiado

-¿Qué hacer cuando un vecino odiado muere?

El alemán “Bais“, en realidad se llamaba Weiss, era un personaje pintoresco.
Cuando lo conocí llevaba barba blanca y pelo largo. La barba no le llegaba a la cintura y el pelo no llegó a los hombros, pero poco faltaba. Además era alto, delgado con un vientre pronunciado y siempre llevaba una camisa de cuadros. No siempre la misma porque hay que admitir que Weiss se cuidaba porque tenía autoridad. Su autoridad no era de oficio porque no era alcalde de aquel poblado costeño a diez kilómetros de Barranquilla en el Caribe colombiano.

Su casa de adobe, tablas y un techo de cinc era un lugar decente. Delante de la casa, bajo un techo de paja de palmera había sillas y mesas. Weiss vendía cervezas heladas y pescado frito. Para anunciar que estaba la venta abierta, Weiss tenía la costumbre de izar una bandera de colores negra, blanca y roja, una bandera que antes había ondeado en lo alto de un mastil de un barco velero y Weiss la había rescatado entre los objetos tan numerosos que el mar Caribe escupía regularmente a su playa.

Así, la bandera se hallaba medio rota como la de los prusianos después de Kunersdorf.

La dimensión de esta playa variaba mucho. Había temporadas donde las olas llegaban peligrosamente hasta la puerta misma de su casa y otras, cuando el mar parecía haberse retirado cientos de metros dejando una zona amplia de arena gris o casi negra sembrada de innumerables objetos de toda clase, principalmente madera arrastrada por el río Magdalena, madera de distinto origen, dimensiones y colores.

Pues Weiss poseía autoridad, adquirida en largos años de servicio al visitante. Estos visitantes, según Weiss, carecían de cultura y había que educarlos debidamente.

Había que enseñarles, donde debían dejar sus carros estacionados y también había que mandarles al carajo si no se llevaban la basura que siempre intentaban dejar allí en medio de tantas cosas inútiles que el mar había depositado.

En casa de Weiss no había música porque él odiaba los altoparlantes tronantes y sonantes y mandaba que la gente apagara sus radios de pila cuando entraban.

Pero ahí estaba la bandera del Kaiser, negra – blanca – roja. Esta era la que recordaba y reconocía suya cuando había emprendido el viaje de la emigración a Sudamerica.

Eran los años veinte, la gran depresion había dejado a Weiss en el paro como a millones de alemanes más. En Cadiz se había embarcado y llegó a Buenos Aires hasta que un largo peregrinaje lo depositaba finalmente en el otro extremo del subcontinente americano.

Weiss era oriundo de la ciudad de Oppenheim, ciudad que se encuentra en el valle del Rín, y me consideraba su vecino directo porque podíamos conversar en el mismo dialecto alemán, aunque para tratar temas serios se esforzaba a hablar un alemán supercorrecto que dejaba una nota cómica en nuestras conversaciones.

Weiss había aprendido el oficio de mecánico de aviones y había estado trabajando con la empresa Scadta que tanta fama tenía en su tiempo.

Mecánicos y pilotos eran alemanes, el dinero era de los colombianos. Pero, de su habilidad y profesionalidad como mecánico no le había quedado más nada. Weiss bebía, comenzando el día con la cerveza costeña y terminando con ron blanco de caña.

Sin embargo, nunca lo ví borracho perdido. Yo siempre le llevé los periódicos que me llegaban de Alemania con un mes de retraso y él recortaba los chistes que el periódico de Frankfurt publicaba diariamente.

Con el tiempo había coleccionado tantos que empapelaba una pared de su casa con ellos. Por lo de la bandera, Weiss me contaba que había tenido varios altercados con representantes de la autoridad local.

–Me exigieron que la quitara por representar una nación extranjera– me decía –y les mostré en el mapa que tengo que hace años ya no existe.

Y así fue, el Kaiser se la llevó al exilio en Holanda y allí, en el castillo de Doorn, ondeará todavía y Weiss la izaba en lo alto de su casa.

Bueno, enfin lo dejaron.

La bandera formaba parte de todo un mito de la costa colombiana, el mito de la conspiración. Se hablaba de un submarino alemán que durante la guerra había llegado a la costa y ahí había recibido el suministro de viveres y noticias desde la pequeña colonia de alemanes residentes en Barranquilla.

Y hablaron también de un avión misterioso aterrizado en plena selva y que contenía los tesoros secretos del Tercer Reich que según estos “testigos“ siguen esperando a ser descubiertos en algun lugar secreto de la Sierra Nevada de Santa Marta. Pero dejemos los cuentos a los cuentistas que aun seguirían buscando si la guerrilla moderna los dejara.

La realidad que debo contar, es bastante cuentista:

Un día sucedió que otro alemán se instaló en la cercanía de Weiss. Se contaba que este hombre era un antiguo aviador que había bombardeado Londres y que posteriormente estuvo en Paraguay al servicio del general Stroessner tirando una u otra bomba también.

Pues este alemán se instaló sin preaviso y por sorpresa cerca de Weiss, pero se encontraba mal de salud.

Hasta en eso se parecían, porque ambos, Weiss y su vecino eran alcohólicos y sus higados se encontraban en mal estado para dejar de prestar más servicios. Weiss y su vecino se odiaban, no sólo porque competían por la misma clientela vendiendo cerveza Aguila a los bañistas, tenían opiniones diferentes sobre su patria común. La causa de su disputa era la era nazi.

El bombardero tenía en gran estima lo que Weiss detestaba. Weiss odiaba todo signo de nazismo. No era raro encontrar esta división en la colonia de alemanes viejos. Ahora bien. Quiso el destino que el bombardero se ponía tan enfermo, tan mal que no tenía más remedio que ir en busca de Weiss para pedirle auxilio. Y este al ver los síntomas que también a él le acosaban, le dió por medio muerto.

Y temiendo que el cadaver de su vecino se le quedara en el mismo restaurante donde se había recostado en un rincón, llamó a un vecino costeño, le dió dinero y le mandó buscarme a mí.

Ya era tarde y me había quedado en el colegio para arreglar papeles cuando me encontró este hombre:

–El señor Weiss, “bais“ decía, le manda esta plata pa´que compre una caja de muerto. El otro alemán este se está muriendo en casa del “bais“ y ya sabe, tiene una barriga así de gorda por la cirrosis y cuando esa revienta, ya usted sabe lo que pasa.

No lo sabía, pero me imaginaba lo que pasaría en este caso. Así me fui a casa en busca de dinero para buscar una funeraria que a estas alturas de la noche prestara su servicio.

–Sólo se encuentran cerca del hospital general. Allí tienen abierto las veinticuatro horas. La muerte no respeta las horas, me aconsejó mi compañero.

Efectivamente, encontramos un establecimiento de esta clase abierto a estas horas.

No había escaparate, sólo un inmenso letrero ante una puerta destartalada anunciando: Servicios contínuos.

En el fondo y a través de la ténue luz de una sola bombilla distinguimos un grupo de hombres con sus sombreritos oscuros puestos. Estaban sentados alrededor de una mesa jugando a las cartas.

–¿Qué se les ofrece señores, estamos para servirles, no más?

El acento marcado bogotano no me sorprendió. El negocio de la muerte no era compatible con el carácter costeño. Estas cosas las hacían los “cachacos“, los del interior que tienen menos vergüenza que un gallinazo. Y los gallinazos, los buitres costeños, enormes pajarracos negros arrastrando piltrafas por la calle bien poca tienen.

En fin, negociamos el asunto. Menos mal que vino el costeño, a mí me habrían cobrado el triple.

–¿Y adónde llevamos la caja, señores, digan no más?

Cuando se enteraban que había que llevarlo fuera de la ciudad a una aldea y a la playa donde con frecuencia no había ni luz, comenzó de nuevo el regateo.
Por fin logramos arrancar. Ellos cargaron la caja en una furgoneta vieja y destartalada y se montaron con sus sombreritos negros puestos y nosotros íbamos delante para enseñarles el camino.

Cuando llegamos al pueblo de Salgar no había luz. El camino a la playa se encontraba en completa oscuridad. La fuerte brisa doblaba las palmeras y aullaba que no se oía ni la propia voz. De pronto apareció la figura del viejo Weiss iluminada por los focos del carro delante de nosotros. Weiss medía un metro noventa, había levantado las manos arriba y con su larga barba blanca se parecía a Moises en el desierto.

Su barba blanca estaba casi en línea recta por la brisa.

Paramos y bajé del coche y ahora escuché esa voz que con gran enfado gritó en el dialecto del Rín:

–¡Scheissdreck! No se murió. Se lo ha llevado el Pinki. Pinki era el apodo de un alemán que poseía un taller mecánico en Barranquilla.
Casualmente se había presentado en casa de Weiss cuando el vecino de Weiss ya se había ido a Barranquilla en busca mía.
Y se había llevado al moribundo para ingresarlo en la Clínica del Caribe. Weiss lo había querido impedir y lo contaba maldiciendo en costeño:
–¡Yierda! yo le dije ¡déjate de vainas, morirá de todas maneras! No tarda mucho. ¿Y yo, qué iba a hacer yo?

Pues me quedé ahí con un ataúd en una playa, pero sin muerto.

Los buitres de la furgoneta no se extrañaron mucho. Pues parece que estaban acostumbrados a tales eventos.
Y así fue, la caja sirvió dos días después. Pero antes había que negociar con los buitres cachacos el aumento del precio. Al entierro no fuí porque tenía clases. Creo que el consul alemán fue el único que acompañaba a este desgraciado. Sólo unos años después moriría su enemigo Weiss y esa muerte ocurrió de la misma manera.

Murió en un rincón de su pobre restaurante y con él desapareció la bandera de la monarquía alemana, el Reich de Guillermo II.

Era negra- blanca y roja.

A mí, nadie me creyó nunca cuando dije que sólo ahora y a partir de este momento había dejado de existir lo que en Versalles en 1871 se había forjado.

Simbólicamente el último “Heil Kaiser Dir“ había sonado en la costa atlántica de Colombia.

(El dinero para la caja me lo devolvió el consul alemán y a él se lo pagó la embajada alemana en Bogotá.

Seguramente pensaban que no había que dejar a ningún alemán sin caja de muerto por muy nazi que haya sido. No había que echar mano al dinero que Weiss había dedicado a su enemigo compatriota.)

  1. María E. Visbal
    junio 6, 2009 en 7:46 am

    Excelente historia. Me divertí con ella.

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