El forastero

Apareció y nadie lo esperaba. El hombre era alto y delgado, impresinante su mirada azul penetrante cuando saludaba con un fuerte apretón de mano. ¿De dónde había venido?

–De algún país centroeuropeo, decían unos. –Yo creo que de Argentina, decían otros. –A mí me han dicho que es boliviano, un tercero.

Pues de indio boliviano no tenía nada, parecía más bien que hubiese salido de una ópera de Wagner, con una espada en la mano habría sido un Siegfried perfecto. Su figura llamaba la atención; obviamente no era de estos trotamundos que a veces se presentan en esa ciudad del litoral Caribe, permanecen un tiempo más o menos corto, se dedican a actividades raras y como vinieron, desaparecen otra vez.

–Viene con un contrato de trabajo, y se dedica a la docencia en una de las universidades privadas de la Costa; es bioquímico, me informaron. Era un hombre de una edad ya avanzada y no se esperaba que se moviera recorriendo mundo cambiando empleos con frecuencia.

Y eso precisamente parece que lo estuviera haciendo desde hace muchos años.

Desde la Guerra, me dijo él,–he estado en muchos paises y he hecho muchas cosas. También había ejercido de médico, dijo, porque esa era su profesión básica. ¿Cómo me enteré de eso? Pues iba en busca mía para que le ayudara en la redacción de ensayos, proyectados para su publicación en aquel lejano país europeo. Me dijo que sabía varias lenguas, pero ninguna con la exactitud gramatical, como en el presente caso que exijía una redacción en alemán correcto.

Lo principal naturalmente era el contenido científico, bioquímico y en eso era experto él y yo nada de eso comprendía. Se me había presentado como doctor Dayán, un apellido que no es alemán. Hasta aquí todo parecía normal, hice el trabajo, corrigiendo ortografía y la gramática que suele ser el tropezón principal.

Eso se repitió varias veces, y siempre cuando vino Dayán a recoger las páginas corregidas, conversábamos un rato sobre lo que fuera, nada político y nada personal porque Dayán no infundía confianza. Es más, sentí que había algo detrás de esa mirada fría y penetrante del visitante.

Tal vez, por eso lo observaba con atención como si algo tuviera que temer de él. Así me parecía y por eso lo recuerdo tan vivamente.

Y sucedió, que un día Dayán venía vestido de forma diferente, incorrecta diríamos. Siempre llevaba chaqueta ligera o guayabera que le tapaban los brazos.

Pero aquel día llevaba camisa de mangas cortas y al sentarse y al recoger los folletos levantó ambos brazos y lo ví, ví el tatuaje en el brazo, el color azulado se destacaba sobre la blancura de su piel que se había cuidado de no exponer al sol y a la vista de nadie.

Dayán me observaba como yo leobservé a él y captó mi mirada de extrañeza y  sorpresa, la sacudida de mi cabeza. Los folletos que le iba a dar se me cayeron al suelo, y él al agacharse para recogerlos, con la cabezy baja sin mirarme y casi sin
voz audible dijo:

–Sí, fuí de ellos. Me ha pillado usted.

En realidad aún no había sacado ninguna conclusión de lo que en este momento había descubierto y lo que él obviamente había querido mantener secreto durante muchos años.

Ahora nos mirábamos como cómplices unidos por la memoria de algo que había quedado muchos años atrás.

–Perdón, le dije,– ¿qué me ha querido decir?

–Usted lo sabe muy bien, me contestó con ironía, –usted conoce lo que acaba de ver.

Y después de un largo silencio:
–¿A qué organización perteneció usted? pregunté.
— SS – Totenkopf – Verbände, me contestó en alemán.

En nuestras conversaciones hasta ahora habíamos usado siempre el español.

Ahora nos quedábamos mudos hasta que él se puso de pie, y yo sentado detrás del escritorio le miraba en su impresionante altura y desde ahí arriba siguió en alemán:

–Sie werden bitte den Mund halten.
–¿Tiene usted que esconder algo? contesté.

–No tengo nada que reprocharme, fui uno de tantos.
Y se fué.

Aquella noche siguiente dormí mal.

Pensaba que no era posible eso de encontrarme con un sobreviviente de aquella orden bajo la calavera que ha manchado para siempre el buen nombre de Alemania en el mundo.

Sabía que el caso de Dayán no era raro, sabía que había decenas de miles de voluntarios extranjeros en las SS; el mito de la superioridad de la raza aria sobre todos los demás estaba ampliamente difundido en círculos esotéricos de media Europa, y el movimiento nazi sólo hizo obra de cosecha y concentración de lo que otros habían sembrado, y sobre todo, ponía en práctica lo que hasta entonces sólo habían soñado unas mentes perversas: eliminar las vidas de los indeseados, desechar sus cuerpos como escoria que el signo triunfante aparta de su camino.

Un estado sicopatológico compartido por muchos y presente en sus herederos los islamistas que
comparten el fanatismo antisemita bajo el mismo uniforme negro y sobre la frente llevan inscrita la proclama de la muerte igual que ellos.

“Somos enamorados de la muerte“ solían contestar los SS cuando se les pregunaba a qué era debido ese valor que mostraban durante las acciones bélicas y lo mismo contestan islamistas atrapados en sus intenciones suicidas mortíferas.

Sé que  hay más de treinta y siete mil publicaciones sobre ese drama alemán y sólo en los últimos cinco años aparecieron mil doscientas y la tendencia va en aumento.

Todos estos escritos, entre ensayos y libros, llenarían una torre que año tras año crecerá y mientras más tiempo pasa, más cerca nos parecerán los hechos.

¿Pero sabremos alguna vez, por qué ha sucedido todo eso, por qué esa avalancha de muertes violentas? ¿Por qué esta insensatez y ausencia de sentido humano?

Sabía que el testimonio del forastero no me aclararía nada, porque dando tumbos durante esa noche de insomnio me invadieron terribles sospechas: rla profesión médica, su dedicación a la bioquímica.

¿No eran estos los elementos básicos de aquella perversa ideología racista? ¿Cuántos aun hoy cultivan ese materialismo biogenético, sin saber en qué tradición se encuentran?

Bajo el signo de la liberación de prejuicios tradicionales se proclama el derecho de aplicar leyes bioquímicas contra la vida.

Y todo eso, conforme al espíritu de nuestro tiempo y bajo leyes democráticamente sancionadas. ¿No encontraba el forastero facilmente un campo abierto para la continuidad de lo que había sido su estímulo principal de antaño?

Yo sabía que ese hombre seguía metido en su laberinto y mejor sería no volver a verlo más.

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