Donde están los indios

El que los buscara no los encontraría.

Son casi invisibles, pero naturalmente están presentes entre todos los que habitan ese país; nunca abandonaron su tierra.

–Un suceso en los Llanos Orientales me llamó la atención:
Un grupo de colonos, propietarios de ganado vacuno, había puesto “trampas“ para coger a los indios que – según ellos – les robaban ganado.

Eran trampas mortales.
Los autores de estos hechos declararon públicamente que ellos no tenían conocimiento que estuvieran haciendo algo prohibido por la ley.
–¿Cómo combatir a unos ladrones invisibles? decían ellos.
–Los indios son invisibles y causan daños desde la clandestinidad, opinaron justificando esos crímenes.
–Un aviador extranjero que conozco descubrió un lugar precioso en Sierra Nevada.

El lugar ofrecía fácil aterrizaje para la pequeña avioneta, un arroyo de aguas cristalinas al borde de una pradera, un lugar ideal para aterrizar y construir una pequeña casita para descansar. Lo inconveniente era que se encontraba dentro de la zona reservada para grupos indígenas kogüi que pertenecen a la etnia de los históricos tayrona.
–Pero, como todo tiene su precio, eso también tendría solución, pensaba el hombre y comenzaba a traer materiales de construcción para levantar su casita. Nunca vio a nadie y él tampoco salió del lugar escogido para hacerse ahí un pequeño refugio, lejos de las tribulaciones que caracterizaban su vida agitada como piloto y empresario de la fumigación aérea.

Cuando la casita estaba casi lista, le esperaba una sorpresa. A veinte o treinta metros de distancia vio a un indio, vestido a la manera de los kogüi con un sayo largo blanco de algodón y el gorro de lana de oveja. Llevaba una mochila fabricada del mismo material.

– Es el cacique, pensó y era cierto.
– Viene a cobrarme el alquiler, pensó y era cierto también. A partir de ese primer encuentro, el cacique siempre le esperaba cuando la avioneta aterrizaba y el piloto le entregaba una caja grande llena de artículos de primera necesidad. Así siguió la cosa durante algunos años: Llegaba el avión, el indio se acercaba, recibió la caja y desapareció. Nunca había otros indios, nada más él sólo y nunca hablaban. El piloto a veces traía también a su familia, la mujer y los hijos. Nunca se alejaban mucho de la cabaña. Pensaban que no era conveniente hacerlo.

Un día sucedió lo que suele suceder en todos los casos idílicos: el acuerdo finalizó, la tregua se suspendió.
Esta vez el piloto había traido una bolsa grande y repleta de cosas y, porque era Navidad, había agregado un montón de regalos más, juguetes para niños, lámparas con sus pilas, etc.
Y esta vez, el piloto se dirigió al cacique y le dijo más o menos así con señas más que con palabras:
–Y tú, ¿Qué me vas a regalar a cambio de todo eso? es Navidad.
El cacique había comprendido la pregunta y de inmediato se reflejaron sorpresa  e ira en su cara.
–¿Por qué no me das esa mochila? A mi hija le gustará, siguió el piloto.
El cacique ya había dado media vuelta, se volvió atrás, y ahora el piloto le notó una expresión de odio y rabia. Sin decir más nada, el indio se quitó la mochila y se la tiró delante de los pies y sin ningún saludo desapareció entre los arbustos.
–¿Qué habré hecho? pensó el piloto,– para provocar una reacción así.
–Ya se calmará, se decía.
Pues no era así. Cuando volvió nuevamente, desde arriba pudo observar que la cabaña estaba quemada y cuando había aterrizado no le esperaba el indio y así quedó la cosa.

¿Qué había ocurrido? ¿Qué explicación tiene ese comportamiento extraño?
El piloto, sin querer ni saber, había cuestionado la autoridad del cacique indígena.
Antropólogos dicen que la autoridad de un jefe indio radica en su capacidad de hacer regalos a sus súbditos. Por eso los caciques suelen ser los más pobres de la tribu.
Le obedecen y lo toleran mientras demuestra su capacidad de beneficiar a su gente.

El cacique debe presentarse ante los suyos como autoridad que recibe dátivas en forma de tributo de los forasteros. Esos extraños, en ese caso el piloto, entregan el tributo a cambio de nada. Es la pura autoridad del jefe que así lo demanda y así lo consigue. Al pedir un regalo a cambio, el piloto había violado la regla número uno.
Para demostrar ante los suyos que su autoridad no había sufrido daño, mandó a quemar la cabaña. Trato hecho, trato roto.
Durante todos estos años el piloto nunca había visto a ningún indio. Pero estaba seguro que lo estaban vigilando y el cacique sabía también que la escena del conflicto la habían presenciado muchos ojos escondidos entre los arbustos.

Los indios son invisibles, y esto era su principal problema en la confrontación con la cultura de los occidentales. Esa cultura ruidosa y misionera, exhibidora de pasiones y de gestos teatrales sigue diametralmente opuesta al modo de ser de los indios. El indio prudentemente se pone a un lado, trata de hacerse pequeño e invisible. El conquistador español con frecuencia interpretaba esta actitud como traicionera, maliciosa e irresponsable, la “malicia indígena“, y solía reaccionar con impaciencia y
furia ibérica.

En el fondo se trataba de una confrontación de mentalidades creadas y desarrolladas en total oposición:

-La mediterránea, bulliciosa y exhibicionista, reducida y moderada a través de la imagen del conquistador castellano serio y cauteloso — y por el otro lado— la discreta y prudente forma de ser del indio que prefería quedar anónimo e invisible cuando podía.
Al visitante extranjero le esperan numerosas sorpresas cuando trata de encontrarse con las culturas precolobinas en este país: Dos visitas deben ilustrar eso: la primera al Museo del Oro en Bogotá y la segunda a SanAgustín en el sur del país.

En el Museo del Oro del Banco de la República en Bogotá están reunidos miles de objetos de la orfebrería precolombina. No solamente es la calidad de los objetos que deslumbran al visitante, también es la inmensa cantidad. Teniendo en cuenta que durante siglos estos tesoros escondidos han sido perseguidos con mucho afán, es extraño que haya podido salvarse tanto. Se habían hecho para ser invisibles.

Nunca fueron hechos para ser exhibidos, pertenecieron al ajuar funerario y fueron enterrados con los muertos para acompañarles en su viaje a través de las tinieblas. Ninguno de estos objetos fue de uso realmente.
Así se explica la decepción de los conquistadores que practicamente no encontraron tesoros ningunos.

El oro era invisible y por eso sólo quedó el sueño de El Dorado. En San Agustín el visitante se enfrenta a un bosque de estatuas de piedra, colocadas por los arqueólogos de forma armoniosa en medio de un paisaje idílico. Pues, esta impresión moderna es completamente equivocada. Estas estatuas desde un principio y siempre se encontraban enterrados bajo la tierra. Durante siglos, nadie tenía conocimiento de su existencia. Reposaban sepultados allí y prudentemente escondidos. Sólo hace un siglo fueron descubiertos por una casualidad y debe de haber muchísimos más, aunque la investigación practicamente está paralizada debido a la presencia de la guerrilla en la región. No hay duda que el artista indígena no había buscado publicidad ninguna, los había querido esconder y hacerlos invisibles para los ojos de los vivos. Muy probablemente deberían haber acompañado a los muertos. Pero sobre eso la arqueología no ha podido sacar nada en concreto porque no se hallaron ningunos restos de una actividad funeraria en el lugar.

Sigue siendo un enigma. Los “reinos“ de los tayrona o chibcha y sinú en Colombia fácilmente se derrumbaban ante el impetú de la conquista.  Los historiadores nunca se preguntaban si tal vez nunca hayan existido.
Nuestro punto de vista eurocéntrico nos impide mirar otra cultura bajo criterios completamente distintos de los nuestros. Tal vez estos “reinos“ no eran más que fabulaciones del visitante forastero. ¿Por qué pensamos que los primeros colonizadores eran diferentes de los actuales turistas que tampoco se dan cuenta de  lo esencial cuando fotografían lo casual y superficial? ¿No podría ser que su organización social haría supérflua  la presencia político – estatal? ¿No habrán confundido a los caciques a los que trataron con los “reyes“ europeos que conocieron?

El mundo indígena precolombino era tan diferente del europeo que hasta en el paisaje se notaba. Bajo los árboles altos de la Sierra Nevada se escondían poblados con miles de habitantes. La zona estaba densamente poblada, mucho más que actualmente; lugares como “Ciudad Perdida“ recientemente descubierta así lo demuestran.

Los conquistadores no se daban cuenta de indios hasta que se encontraban en medio de ellos o pasaron de largo cuando a menos de una milla de distancia se encontraba un poblado grande con un número de habitantes mayor que una ciudad europea de aquella época. Los paisajes europeos después de la tala de bosques han sido tallados  y transformados por la actividad de los hombres, una labor que comenzó en la antigüedad y dura hasta el día de hoy. En Europa no hay ningún rincón original.

La población numerosa  precolombina sobre el territorio actual de Colombia casi no había alterado su medio ambiente, vivía  en él y convivía  con numerosos seres más, plantas y animales culturizados durante miles de años de selección. Sin tratar de idealizar esta convivencia  lamentamos que casi toda esta vida esté desaparecida definitivamente. Pero nos damos cuenta que los restos que de ella aun son visibles todavía representan un punto de referencia. La pequeñímisa minoría de indios autóctonos que aún subiste en lugares reservados para ellos y en zonas apartadas, tal vez no sea más que un punto folclórico actual.  Pero existe una pervivencia india en la gran masa de la población colombiana.

Basta con mirarles caras y figuras y escuchar su hablar melodioso y de discreta y clara vocalización del español que lo hace exquisito y delicado, característica que falta totalmente en el habla peninsular español. El proceso de mestizaje, no suficientemente valorado en los análisis de la sociedad moderna, parece concluido. Sin hacerme partidario del indigenismo, que es una ideologia moderna promovida por intelectuales universitarios y aprovechada por vivos intereses políticos, considero que la herencia cultural indígena aun está por recuperar y revitalizar. Esta actitud no se debe dirigir contra nadie y menos contra los otros elementos más de la herencia cultural, la africana y la hispana.

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