Colegio Alemán

¿Qué experiencias tuve en el CA de Barranquilla?

Oficialmente se me pagaba por trabajar como profesor de alemán en el Colegio Alemán (CA) y ocupar la rectoría del instituto. Sin embargo, no me limité a eso. A través de diferentes contactos llegué a hacer más cosas.

Pero a esto dedicaré otra mirada. Me había cogido de sorpresa el cargo de director porque  mi antecesor se había retirado antes de cumplir su contrato. Mejor dicho, la Junta Directiva en coordinación con la Embajada de la República Federal de Alemania en Bogotá habían llegado a ese arreglo con el señor Heer, oriundo de Westfalia. Yo sólo lo llegué a conocer brevemente. Comprendí enseguida que mi situación sería difícil en medio de diferentes gremios, intereses y opiniones.

El CA como todo colegio privado pertenecía a una sociedad, la Sociedad del CA, representada por su Junta Directiva. Había un número muy pequeño de socios; pues, socio podía ser aquella persona que estuviera vinculada a la antigua colonia de alemanes en Barranquilla y quien tuviera conocimientos de la lengua alemana. La situación legal se complicaba por una disposición de los estatutos que preveía que ninguna decisión de importancia podía ser tomada sin el consentimiento de la embajada alemana en Bogotá. Por eso el cónsul alemán de Barranquilla en representación de la embajada era invitado a las reuniones de la Junta Directiva del CA.

Esas reuniones se desarrollaban generalmente en alemán. Más de la mitad de los asistentes no podían intervenir porque no lo hablaban correctamente. Eran hijos y nietos de alemanes, jamás habían visto Alemania y ocubaban su cargo como una distinción social. Tuve la suerte de encontrar un eco positivo en mi labor en la persona del presidente elegido de la sociedad Ernst Breiler y del consul Hans Möller, un comerciante de orígen de Hamburgo y residente en Barranquilla durante casi toda la vida. Se complicaba la cosa, porque de acuerdo a la legislación colombiana la Asociación de Padres de Familia del CA tenía una función vital.

Sin su visto bueno nada debía ponerse en marcha. Sobre todo, el eterno problema del aumento de las pensiones no tenía solución sin la activa colaboración del los Padres de Familia del C.A.

Después de una fase de extrañamiento y desconfianza todos esos gremios empezaron a dejarme hacer o dejar pasar. ¿Quién quería molestarse con los detalles y líos de un instituto que en el fondo funcionaba como una empresa? Lo que no se podía pagar, no se hacía; siempre se trataba de extender el presupuesto al máximo.

El profesorado se componía de cinco “alemanes“ y cuarenta colombianos. Uno de ellos, el profesor Severino Lobo, no era colombiano sino asturiano emigrado a Colombia en los años cincuenta, fue mi apoyo principal. Sin la colaboración leal y desinteresada con el coraje y la infatigable voluntad de este hombre poco podría haber hecho yo. Méritos comparto con él, los errores siempre fueron míos.

Cuando me fui de Colombia logré dejar la rectoría en sus manos y habría sido muy acertado, continuar esta tradición ocupar el puesto con un hispano después de la jubilación de este rector, que durante años era el único director español de un colegio alemán en el mundo. No se hizo. Pero eso es otro tema. El mérito que el colegio tenía corresponde en primer lugar a la labor del profesorado colombiano que con poco sueldo y mucho idealismo hizo del colegio un centro cultural apreciado y valorado por la población. En especial eran los actos culturales, las presentaciones musicales de orquesta y coro debido a la iniciativa y labor de Helga Renz que hacían sonar el nombre del CA.

La lucha por sobrevivir hizo que el colegio desarrollaba una excelencia reconocida por toda la ciudad. La gran mayoría de los alumnos entraba al colegio en edad preescolar y continuaba hasta “sexto de bachillerato“ que era el curso final. El número de cursos paralelos se reducía porque se realizaba una selección continuada. En  “sexto“ normalmente quedaban uno o dos cursos, divididos de acuerdo a distintas intensificaciones ( p.ej. alemán ).

El Colegio Alemán se encontraba en aquel momento (1970/71) en una crisis existencial y por eso ante la  necesidad de transformarse a fondo. Había sido fundado como colegio de primaria por un grupo de personas de orígen alemán en 1912 para mantener la identidad cultural de los alemanes inmigrados con su país de orígen.

La mayoría de clases fueron impartidas por maestros contratados en Alemania. En un principio esta actividad no era subvencionada por el gobierno alemán. Pero después del cierre del colegio durante la Segunda Guerra Mundial  y su refundación posterior, el colegio recibió subvenciones monetarias directas e indirectas por el envío de materiales didácticos y el pago de salarios para maestros y profesores traidos de Alemania. Durante los 60 años de su existencia el colegio había cambiado su carácter original totalmente.

Antes de la guerra la mayoría de los alumnos eran alemanes u otros que mantenían alguna conexión con el núcleo pequeño de inmigrantes.Era poco más que una escuela de aldea. Cuando yo comencé mi trabajo, el colegio apenas tenía alumnado alemán. El grupo de estudiantes que  disponían de conocimientos básicos de esta lengua de su casa no bastaba para formar un solo curso. Además, los pocos “alemanes“ se encontraban repartidos entre los cursos de primaria hasta bachillerato. Consecuencia: el alemán se enseñaba como lengua extranjera  a partir del nivel preescolar. Para los alumnos alemanes lográbamos establecer clases aparte porque era  improductivo dejarles participar en las clases de alemán como lengua extranjera. A veces había que reunir grupos de distintas edades y niveles para lograr ese objetivo tan deseado por el número escaso de familias alemanas residentes en Barranquilla.

Naturalmente aquellas familias siempre quedaron descontentos con esta solución. Ellas querían un colegio alemán auténtico cuando las circunstancias hacían imposible realizar tal deseo. Pero era difícil explicar eso a personas de poco contacto con el ambiente pedagógico. Muchos se referían a sus propias experiencias en la escuela alemana de antes, y deseaban para sus hijos o nietos que esta se repitiera, lo cual era imposible. El colegio había crecido. Ya no tenía ochenta o cien alumnos a nivel primario como antes. Ahora tenía más de mil y preparaba a los estudiantes para obtener el grado de bachillerato colombiano. El alemán era una actividad más que figuraba entre otras y naturalmente, aprender alemán no era el deseo principal de los padres colombianos para sus hijos. La probabilidad que los graduados del colegio llegaran a obtener becas para estudiar en Alemania era muy escasa. Y ahora desde Alemania llegaban nuevas voces y proclamas: El gobierno socialdemócrata – liberal de Willy Brandt había decidido someter la política cultural en el extranjero a una revisión total. El resultado fue un cambio radical de las subvenciones. Ahora se consideraba importante, financiar proyectos de apoyo para el desarrollo socioeconómico de  regiones subdesarrolladas.

La ideología del “tercermundismo“, tan de moda en Europa, se veía retratada en la nueva programación del gobierno en política exterior: ¿Para qué mantener  un arcaismo fuera de esta época y contrario a las necesidades de una  política progresista que iba en busca de objetivos más concretos? ¿Qué consecuencia tenía eso para nosotros? –Pues perdíamos la fuente de subvenciones desde Alemania y nos vimos ante la necesidad de financiarlo todo por medio de matrículas y mensualidades pagadas por los padres de familia.

La gran mayoría de ellos no era rica. El orígen social predominante del estudiantado se encontraba en la clase media baja de la ciudad. Las escuelas, británica, americana y hebrea lo tenían más fácil encontrar los medios de subsistencia porque su clientela era más pudiente. Lo peor del caso era, la decisión vino de golpe. Para muchos colegios en Chile y en Argentina esto marcó el colapso final. Tuvieron que cerrar sus puertas. Eran realmente años duros, de grandísima agitación, porque la amenaza del cierre era real porque había numerosos interesados para aprovechar las exelentes instalaciones del colegio y usarlas para los fines actualizados que la nueva brisa trajo desde Alemania: ¿Una escuela técnica para la formación de profesionales? ¿Un instituto para la preparación posgrado de maestros colombianos? Programas de desarrollo técnico – social, eso era lo políticamente correcto del momento. La voz del amo suele despertar una jauría de interesados. Y no faltaban las intrigas. En Bogotá existía un grupo de maestros alemanes dedicándose a la asesoría del ministerio de educación colombiano. Su director, anteriormente había sido maestro en el CA de Bqlla, conocía esa institución y había echado el ojo al edificio moderno y sus instalaciones excelentes: ¿No serviría esto mejor para preparar a futuros maestros colombianos?

¿No habría aquí un campo para nuevos proyectos para hacerse indispensable ante las autoridades colombianas? Habría sido el final  para nuestro instituto colombiano de bachillerato con su orientación pedagógica moderna que aportaban la dirección y los profesores alemanes. Un aporte que iba más allá del colegio porque representaba un servicio para la ciudad. Pero el grupo de aquellos maestros alemanes era influyente y ambicioso. Sabía que el viento soplaba en su favor y tuvo el apoyo encubierto de la embajada alemana y contaba con el consenso tácito de miembros de la misma Sociedad del CA. Yo sabía que cualquier transformación en este sentido significaría el fin del colegio y con eso la eliminación de medio siglo de labores pedagógicas y sociales en favor de una comunidad numerosa que dependía del Colegio Alemán para obtener el nivel educativo deseado para sus hijos. Además, preveía que, una vez cumplidas las ambiciones del grupo de los maestros, aquello desaparecería algún día sin dejar huellas. Yo me había dado cuenta de lo que se tramaba detrás de las cortinas. Pero no encontré posibilidad de intervenir, mi posición era demasiado débil. Pero cuando fui informado por el celador del colegio que una comisión desde Bogotá había visitado el colegio aprovechando el momento de mi ausencia y sin ni siquiera haberme  avisado, me invadió la rabia y aproveché mi orportunidad, informé a las juntas directivas sobre el método tan infame de tratar de liquidar una institución huyendo el diálogo y la discusión; y envié notas de protesta a  todos que estuvieran implicados, a la central en Alemania, a la embajada, a la comisión de maestros alemanes en Bogotá, etc. Estuve dispuesto a batirme con quien sea.

Expuse mis argumentos en favor de un instituto que había prestado una valiosa ayuda para  un público muy numeroso y seguiría prestándolo si así lo permitieran las autoridades alemanas. Puse en duda que un centro para preparar maestros colombianos pudiera  igualar la importancia que el CA tenía en el ambiente pedagógico de la ciudad, donde tenía una altísima consideración por el servicio que prestaba y por la estrecha vinculación con las universidades, una pública y otra privada. Tal vez me adelanté un poco a los hechos, pero creo que esto salvó el colegio porque los iniciadores temían la ola de protesta pública y la firme oposición de autoridades colombianas locales que estaban por prever.  Pero comprendí también que había conseguido el odio de numerosas personas hacia mí porque vieron frustrados sus proyectos y su ambición.

Eso no me lo perdonarían. Un centro colombo – alemán para la asesoría primaria habría abierto la posibilidad de crear puestos de trabajo para numerosos maestros alemanes durante muchos años. Un feudo seguro se les había escapado. Sabía también que de aquí en adelante se me miraba con ojos críticos y con poca simpatía y que no podía permitirme errores ni negligencias. Me sirvió de consuelo lo que mi amigo Jacques del centro colombo – francés me contaba. Dos veces los políticos le habían cerrado un instituto “bajo los pies“ siendo director del centro en Saigon y luego en Addis – Abeba. Yo veía que los políticos y los politiqueros me perseguían en todas partes. Siempre lo he tenido claro lo que el colegio debía y podía ser: un instituto colombiano con orientación hacia afuera, con intensidad de la educación en las lenguas alemana e inglesa, además del francés que con poco éxito ofrecíamos también. No tenía nada de intención personal: Era la  realidad cosmopolita de la ciudad portuaria que lo insinuaba de manera natural. Además, en las áreas de ciencias y sociales, el colegio debería diferenciarse de lo que era común en las escuelas de bachillerato colombianas: Habría que fomentar la creatividad, el espíritu de la investigación, el razonamiento crítico antes que la repetición monótona de resultados que otros habían obtenido.

Logré interesar a jóvenes profesores universitarios para clases de física y química y yo personalmente dicté la filosofía, algunos temas en  “sociales“ aparte del alemán en los cursos avanzados. Debo confesar que lo que menos me gustaba, era enseñar alemán. Siempre encontré esa actividad como una obligación aburridísima. Uno se parece más a un entrenador para formar habilidades que un profesor que intenta iluminar las mentes.
El colegio continuaba  teniendo éxito– si la medida de la afluencia  masiva en las matrículas es un indicador fiable. La mayoría de los profesores universitarios mandaban a sus hijos al CA.

El número de estudiantes aumentaba y necesitábamos eso porque tuvimos que sustituir las ayudas desde Alemania que ahora nos faltaban. Además, pudimos establecer un sistema generoso de becas que hasta un 25 % de los alumnos pagaban cuotas reducidas o eran becados completamente. . Así podíamos haber seguido bien. Sin embargo, el viento desde Alemania nuevamente cambió. Con el fin de la coalición socioliberal en Bonn, la política cultural de la República Federal Alemana en el extranjero nuevamente cogió otro rumbo. En Bogotá, la República Democrática Alemana (RDA) había abierto un instituto cultural  “Herder“ en competencia con el “Goethe – Institut“ de la República Federal. El “Herder“ enseñaba “alemán intensivo“ y ofrecía becas para estudiar en Alemania Oriental. Ahora se consideraba necesario aumentar el nivel de la enseñanza del alemán  y se creó el diploma de la lengua alemana “Deutsches Sprachdiplom“ en dos niveles I  y II.

El diploma II certificaba  que los conocimientos del alemán eran suficientes para realizar estudios universitarios en Alemania. Todos los alumnos del colegio tenían que participar en los respectivos exámenes. Nuevamente comenzaron las subvenciones en dinero y en materiales didácticos. Una medida que fue aplaudida en un principio por la mayoría. en los gremios del CA. ¿Quién no recibe dinero regalado gustosamente?  Pero la oferta encerraba un grave problema. Había que deshacerse de aquellos alumnos que tenían escaso rendimiento en alemán. El nivel del alemán se transformaba en elemento seleccionador único. Porque la regla era esa: Mal rendimiento en los exámenes en alemán, poco dinero. Yo veía en eso un cambio problemático. Lo que durante años habíamos logrado: un buen colegio para la ciudad se encontraba ante un reto nuevo:

¿Cómo satisfacer las dos demandas a la vez? Naturalmente deseábamos elevar el nivel del almán. ¿Pero, era realista hacernos competir con colegios en Helsinki, Istambul u otros que se encuentran en el área de la extensión natural del idioma alemán? ¿No habría ganado Alemania mucho más, respetando la ideosincrasia propia de cada lugar, de cada comunidad dispuesta a confiar la educación de sus hijos a un instituto extranjero? –Ganancias en forma de simpatía, gratitud y admiración, tal como se manifiestan en los monumentos dedicados al investigador Alejandro von Humboldt. Humboldt no había exigido ningún diploma de la lengua a sus acompañantes indios, mestizos, mulatos, negros o criollos blancos.

El saber y el conocer sólo deben ser una oferta y no una imposición desde un lejano país que a veces fastidia por creer que se lo sabe todo. Nuestros egresados rara vez encontraban el camino a Alemania. Los que se iban al extranjero, generalmente emigraron a los Estados Unidos. Alemania para ellos era un lugar absolutamente exótico. Además, las universidades alemanas casi no ofrecieron becas para estudiantes colombianos y estos generalmente no podían financiar estudios en Europa Occidental. Curiosamente muchos se iban becados a Alemania oriental o a Rusia. Todavía existía el mundo comunista. En realidad, en medio de esta nueva transformación, mi trabajo terminaba. Dejé el colegio preocupado por  lo que se anunciaba. Ahora sé que el colegio ha logrado salir triunfante de este nuevo reto. Sin embargo, el costo ha sido elevado. El número de estudiantes se redujo notablemente, reduciéndose casi a la mitad. Los resultados en alemán son excelentes, pero la gente sigue yendo a la Florida y a California para estudiar, para trabajar y finalmente para vivir allá.

La comunidad del CA crecida en largos años de generación en generación se fragmentó. Muchos exalumnos mandan ahora sus hijos al americano o británico. Mi concepto de un instituto de calidad para la ciudad de Barranquilla  con estudios de alemán intensificados pero no al servicio de intereses político – culturales de Alemania no ha tenido larga duración.
Pero así es la vida.

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  1. Jaime Apolonio Ballesteros Cantillo
    agosto 15, 2009 en 9:43 pm

    Afectuoso saludo para Herr Peter y su Familia.
    Este artículo es una verdadera radiografía de la era Herr Peter en el Colegio Alemán, de la cual orgullosamente fuimos beneficarios y que lógicamente marcó el pensamiento de manera positiva a los privilegiados que la vivimos y a sus descendientes, porque estoy muy seguro que al formarnos liberalmente mirando la faceta humanística de nuestra vida y la de los cóngeneres, también ha impactado “residualmente o reciclablemente” en la formación de nuestros hijos, que ahora están tratando de vivir una moda retro también de manera liberal en sus pensamientos.
    Agradeceremos por siempre a Herr Peter por elaborar y brindar las excelentes políticas y lineamientos para la formación académica que recibimos.
    Deseamos que el Dios de la Vida le siga bendiciendo por siempre.
    Saludo especial a su Esposa, a Antonio, a Gregor.
    JaimeBallesteros

  2. Alexis Navarro Teran
    agosto 16, 2009 en 9:56 am

    Que interesante conocer esa historia de mi querido colegio y que agradecido estoy con usted Herr Peter por ser quien permitio la continuación de existencia del colegio con esos valores e ideales. Gracias a usted mi padre, el profesor Omar Navarro pudo darle una excelente educación a sus hijos. Lástima que el colegio actual ha perdido un poco de esa “cultura” y por depender económicamente de las pensiones y matrículas de los padres no se mantenga ese ambiente multicultural, social,etnico que se vivia en el Deutsche Schule. Nuevamente Herr Peter MUCHAS GRACIAS! y aunque no estaré en Barranquilla para su visita, estoy seguro que tanto mi padre como mis hermanos están emocionados y felices de poderlo atender y homenajear como se merce. Un abrazo y a la orden en Panamá!

  3. William Muenzer
    agosto 19, 2009 en 5:33 am

    Queridos exalumnos Colegio Aleman,

    Pertenezco a la promocion de 1976. Aunque estuve solo 4 anios en Barranquilla, este tiempo marco una epoca inolvidable en mi vida.
    En lo que se refiere a Manfred Peter, quisiera simplemente expresar que fue y ha sido el mejor profesor que tuve tanto en mi vida escolar como Universitaria. me mostro un mundo desde una perspectiva diferente y marco mi existencia en una forma muy especial.
    Solo siento de todo corazon que no puedo unirme a la celebracion en Barranquilla o Bogota pero le envio un gran abrazo virtual de todo corazon a este gran educador.

    William Muenzer
    Promocion 1976

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